Entre balances de fin de año, palabras absurdas y una presión social que no afloja.
Cuando se acercan estas fechas pasa algo bastante clásico: hacemos el famoso balance anual. Cerramos el año, miramos para atrás y aparece la pregunta inevitable, casi como tener que ir a rendir un examen: ¿Fue un año de “éxito” o de fracaso? Y no necesariamente tiene que ser así.
Ahora bien, ¿a qué le llamamos “éxito”?
La simpleza de una sola palabra puede cargarnos la mochila más pesada del mundo. No está mal preguntarse por qué le tenemos tanto terror al “éxito”, una palabra chiquita que en dos segundos se vuelve gigante, casi intimidante. ¿Acaso no les pasa?
No sé si les pasó, pero cuando alguien te pregunta “¿Y cómo te fue?”, en criollo muchas veces está diciendo: ¿Te fue bien según lo que yo entiendo por éxito?
Ahí arrancamos mal.
Muchas veces pecamos de inconscientes con el lenguaje. Uno puede saber hablar porque lo aprendió en casa o en la escuela, pero las palabras pesan. Pesan de verdad. Por algo no todos somos Fontanarrosa, Walsh o Borges. Saber poner una palabra en el momento justo también es un acto de sabiduría. Evitar decir pelotudeces, por ejemplo, ya es bastante mérito.
Según la Real Academia Española, “éxito” es el resultado feliz de un negocio, una actuación o la buena aceptación de algo o alguien. Leído así, suena medio frío, casi antipático. Un alter ego bastante detestable. Y sin embargo, es una de las palabras más usadas para medir personas, trayectorias y vidas enteras. También es sinónimo de “victoria” o “triunfo” pero mejor los dejamos para otra charla.
La etimología viene del latín exitus, que significa salida o final. De ex (afuera) e ire (ir). O sea: salir. Nada más. Con el tiempo, el castellano la transformó en “salida feliz”, “resultado feliz”, “triunfo”. En inglés, exit se quedó en la puerta de salida y listo.
Entonces la pregunta es casi inevitable: ¿No estaremos usando mal la palabra?
Todo se vuelve tan raro, tan subjetivo, que termina siendo algo absolutamente personal. Y así debería ser.
El problema es que el “éxito” mutó. Dejó de ser una experiencia íntima para convertirse en presión social. En una vara ajena y malintencionada. En una herramienta que muchas veces hace daño. Mucho daño.
Por ejemplo, cuando alguien me frena en la calle y me dice “qué bueno lo que estás haciendo”, para mí significa algo simple: que hice las cosas como creo que hay que hacerlas. Con mi impronta, con mis valores, con una ética humilde. Que lo que hago llega a alguien. Eso no significa “éxito”.
Cuando en mi emprendimiento vendo más de lo habitual, tampoco significa “éxito”. Significa años de no bajar los brazos, de insistir, de no tirar la toalla a la primera de cambio. Significa cabeza fría, tener conocimiento de las cosas, respeto por el cliente, educación, vínculos sanos, pasión y profesionalismo. La palabra “éxito” queda chica. Muy chica.
Y lo peor de todo es que en este sistema eso está más vivo que nunca. Sucede, por ejemplo, en el ámbito laboral y dentro de las empresas, donde muchas veces se replica un rol casi igualito al de un gerente general. Es de locos.
Siempre resistí y me opuse a las normas absurdas. No sé si hice bien o mal, pero así lo sentí. No copié modelos ajenos ni manuales de liderazgo: seguí mis creencias, mis ideales y algunos pilares básicos como el respeto y la educación, que lamentablemente, en la mayoría de los casos, no suelen ser recíprocos.
Por eso, personalmente, no creo demasiado en el “éxito”. Ni en su primo hermano, el “fracaso”. Ambos me resultan paralizantes. Simplifican demasiado cosas que son mucho más complejas. La rutina diaria ya juega en contra. El tiempo, ni hablar.
Tal vez habría que empezar a usarlas menos. Yo mismo las usé mil veces. Con amigos, con familia, con mi pareja. Y cada vez me convenzo más de que el “éxito” muchas veces es una máscara de crueldad encubierta. Un panic show que nos empuja a “ser alguien”, como si no lo fuéramos ya.
Capaz va siendo hora de sacarnos esa mochila y vivir un poco más livianos. Sin mayúsculas, sin minúsculas. Y sin esa mierda tan abstracta llamada “éxito” y que, honestamente, podemos vivir perfectamente sin ella.
Gracias por leerme. Les deseo un buen comienzo de año 2026.
¡Chin Chin!


