Hoy no vengo a hablar de vinos.
Tenía ganas de escribir sobre una noticia que me sorprendió en la mañana de hoy y me dejó una sensación difícil de explicar. De esas que aparecen de prepo y se quedan dando vueltas durante todo el día.
Es raro, pero muchas veces le encuentro cierta causalidad a las cosas. Quizás sea una forma de interpretar el mundo, o simplemente una manía personal.
Esta mañana, Jacinta, nuestra beba de seis meses, no paró de llorar. Estaba inquieta, distinta. Y no es algo habitual en ella, mucho menos a esa hora. No sé por qué, pero lo sentí raro desde temprano.
La miré y, casi como un juego, aunque con una sensación extraña que no terminaba de entender, le dije:
¿Qué pasa? ¿Estás triste por la noticia del Indio?
Un rato después me enteraba de que Carlos Alberto, el Indio Solari, había partido hacia su paz.
Y sí, elijo creer que del otro lado lo estaban esperando unos cuantos colegas y amigotes. El Diego, Syms, Willy Crook y tantos otros personajes hermosos que dejaron tanta huella en nuestra cultura popular.
Su legado ya pertenece al terreno de las leyendas. En realidad, hacía mucho tiempo que él mismo era una leyenda.
Sus letras tenían esa profundidad que no siempre se entiende, pero que invita a imaginar. Y eso, para mí, es la poesía. Nunca sentí que buscara adoctrinar a nadie, aunque muchos hayan querido verlo de esa manera. Lo que sí generó fue algo mucho más poderoso: una tribu.
Un mar de gente.
Durante mi primaria y mi secundaria, sus canciones estuvieron siempre cerca. Sonaban en las habitaciones, en los recreos, en las plazas, en los viajes y en las juntadas. Nos acompañaban mientras intentábamos encontrar nuestro lugar en el mundo.
Nos sentíamos cómodos dentro de nuestra propia incomodidad. Dentro de lo inadaptados que muchas veces creíamos ser. O solemos ser.
De alguna manera, esas canciones nos permitieron sentirnos libres. Nos ayudaron a manifestarnos, a identificarnos y a aferrarnos a algo que sentíamos propio.
Gracias por tanta melodía y tanta poesía.
Poesía viva. Pura. A veces incomprensible. Pero quizás ahí estaba parte de la magia. Porque la imaginación siempre ocupó un lugar central en el universo que el Indio construyó durante décadas.
Cuántas mañanas, tardes y noches giraron sus discos. Cuántas amistades nacieron compartiendo una canción, una frase o una interpretación imposible de comprobar. Cuanto emoción escurrida al cantar sus canciones. Cuanta complicidad.
Porque si algo generaba su obra era eso: unión. Amistad. Sentido de pertenencia. Una sensación de potencia y fuerza.
Y lo hacía sin imposiciones. Sin manuales. Sin obligaciones. Sin doctrina.
No quiero hablar hoy de su trayectoria, de la autogestión, de los récords ni de toda la historia que seguramente otros contarán mucho mejor.
Hoy simplemente quería compartir esta sensación extraña que me atravesó durante este viernes.
Sentí el día más gris de lo que realmente estaba.
Hasta luego, Mister. Gracias por tu poesía.
Hoy, y siempre.

