¿Demasiados vendedores y pocos consumidores?

¿Demasiados vendedores y pocos consumidores?

La sobreoferta, la guerra de precios, las grandes marcas revendidas por debajo de los valores oficiales y un consumidor que todavía no termina de incorporarse al vino como hábito vuelven cada vez más compleja la ecuación para bodegas y pequeños productores.

Hay algo que no termina de cerrarme en el mercado del vino argentino: somos cada vez más los que vendemos vino y, sin embargo, seguimos siendo relativamente pocos los que lo consumimos con cierta frecuencia.

No hablo solamente de estadísticas de consumo. Hablo de lo que uno ve todos los días. Estamos en la calle, la caminamos, hablamos con la gente y con nuestros colegas. Obviamente siempre va existir el que diga lo contrario. Pero veo más proyectos, más etiquetas, más distribuidores, más vinotecas, más tiendas online, más clubes de vinos, más vendedores, más cuentas en Instagram contando historias alrededor de una botella. Y del otro lado, una demanda que parece caminar bastante más despacio. Me alarma.

Quizás estemos viviendo, todavía, una era de transición. El vino se abrió, aparecieron nuevos actores, nuevos estilos, nuevos nombres y millones de etiquetas provenientes de todo el mundo. Y celebro profundamente esa diversidad. Tener acceso a más vinos es, en principio, una buena noticia.

Pero hay una pregunta que me hago cada vez más seguido: ¿el público también se está renovando?

Porque como sucede con casi todo lo comercial, aparecen gente nueva contando y repitiendo historias conocidas. Cambian las etiquetas, las fotografías, los discursos y las formas de comunicar. Pero ¿cambia realmente el consumidor? ¿El público se renueva?

Mientras tanto, la oferta parece haberse multiplicado a una velocidad que la demanda no logra acompañar. Y ahí aparece otro problema todavía más incómodo: los precios.

Estamos atravesando una verdadera criminalidad de precios. No sé de qué otra manera llamarlo cuando una misma botella puede encontrarse en el mercado a valores incluso inferiores a los que ofrece la propia bodega o su distribuidor oficial. Es ridículo pero pasa.

Y acá quiero hacer un párrafo aparte, aunque sea por un minuto. El valor sugerido, ese que muchos respetamos por pedido y por buena convivencia dentro de la misma cadena comercial, pareciera que ya no lo respeta casi nadie. Y ahí también tenemos un problema. Si esos valores ya no sirven porque el producto no rota, entonces busquemos honestidad en el diálogo entre productor, bodega, distribuidor y vinoteca o vendedor. Hablemos, pongámonos de acuerdo y tratemos de construir una competencia un poco más solidaria y pacífica. Porque, en definitiva, esto también tiene mucho que ver con algo de lo que hablamos siempre: los valores. Llámenlos ética, moral o como carajo quieran decirle. Pero, pucha, siento que estamos rotos.

Las grandes marcas tienen espalda para soportar determinadas estrategias comerciales, promociones, descuentos y rotaciones. Pero el pequeño productor no necesariamente. Muchos tienen menos capital, menos volumen, menos capacidad financiera y, fundamentalmente, menos margen para esperar.

Una botella que no rota es plata parada. Y para un proyecto chico puede significar mucho más que eso.

El resultado está a la vista: bodegas, distribuidores, vinotecas y quienes trabajamos alrededor del vino atravesando incertidumbre, cobros demorados y una rotación que, al menos en determinados nichos, se volvió preocupantemente lenta.

Y hay algo más que me inquieta.

Entre tanta oferta, empiezo a encontrar cierta repetición. Vinos muy parecidos, discursos muy parecidos y estándares de satisfacción que, en algunos casos, no parecen justificar precios cada vez más altos.

Entonces la ecuación tampoco me cierra mucho.

¿De verdad necesitamos tantas etiquetas similares? ¿Cuánto de lo que compramos responde a una botella que nos sorprende y emociona y cuánto a una historia bien contada?

Porque una buena historia ayuda, claro. Pero en algún momento hay que poder terminar esa copa.

Y ahí, curiosamente, vuelvo a encontrar valor en algo bastante más sencillo: los vinos jóvenes o con algo de barrica, frescos, honestos, aquellos que uno sabe que van a cumplir con una necesidad puntual. Ese vino para ese momento. Sin demasiadas vueltas. De toda maneras, esto es una reflexión más personal.

Quizás el futuro del vino no esté solamente en seguir agregando opciones, sino en lograr que más personas quieran abrir una botella. Acá siento un punto en común entre todos pero muy poco laburado.

Porque podemos tener un mercado lleno de vendedores, productores y comunicadores. Pero si no conseguimos nuevos consumidores, tarde o temprano la cuenta vuelve a aparecer. Y la botella, por más linda que sea la historia que la acompaña, sigue esperando en el depósito o estantería de cualquier vinoteca amiga.

¡Chin Chin!