Pensar con criterio más allá del disfrute.
En los últimos años me fui dando cuenta de que todo mi algoritmo gira en torno a la cultura: vinos, comida, historia, música, viajes y fútbol, entre lo más destacado. A ver, no me quejo para nada. Tampoco es que pase mucho tiempo en redes, pero siempre (siempre) termino viendo muchísimo de esos temas, sobre todo de vinos. Así está diseñado: evidentemente son las cosas que más me apasionan o me despiertan curiosidad.
La realidad es que hoy ya me está hinchando un poco los quinotos; dejé solo de disfrutar. Hay una sobrecarga de información que, en muchos casos, con la vorágine de la vida misma, no puedo ni quiero retener. Esta saturación me viene despertando algo que noto desde hace tiempo: escucho y retengo datos de forma fugaz, uno tras otro. Olvídense de interpretarlos con lucidez, y ni hablar de hacerlo con tiempo.
Ya ni siquiera logro procesarlos para construir un razonamiento consciente, para decodificarlos y entenderlos a través de un proceso lógico y genuino. No siento que sea algo personal; más bien lo percibo como un fenómeno colectivo. ¿Y está mal eso? No lo tengo del todo claro pero me tomé unos minutos para razonarlo y poder interpretarlos desde mi lugar como Sommelier o apasionado de los vinos…
Hay una trampa silenciosa en el mundo vitivinícola, y en casi cualquier ámbito profesional: confundir saber con comprender. Saber es acumular datos; razonar es darles sentido. Uno puede memorizar regiones, variedades, suelos, rendimientos, temperaturas de fermentación y puntajes de críticos. Pero si uno no puede explicar por qué un vino es como es, ese conocimiento queda vacío, como una lista de ingredientes sin una receta que nos indique el paso a paso.
En el vino, razonar implica conectar el entorno con el resultado. Entender que un clima frío no es “mejor” que uno cálido, sino distinto; que una barrica no “mejora” un vino por sí sola; que un vino caro no es automáticamente un vino bueno. Implica aceptar que casi todo en vitivinicultura es interpretación, contexto, equilibrio y consecuencia. El saber enumera. El razonamiento relaciona.
La diferencia se nota bastante rápido. El que solo sabe puede decir: “Este vino tiene 14,5% de alcohol, pasó 18 meses en roble francés y viene de un viñedo antiguo”. El que razona agrega: “Por eso se siente cálido, estructurado y necesita tiempo para integrarse”. El primero recita. El segundo interpreta.
Y entonces, ¿Quién determina si una es mejor que la otra? NADIE.
Ahora, llevémoslo a ejemplos burdos pero reales, sería como alguien que sabe todos los ingredientes de la mejor empanada pero no puede cocinar una que no quede jugosa. O quien memoriza todas las señales de tránsito pero maneja sin anticiparse, frenando tarde y chocando igual. Saber no evita errores; razonar sí. Si habré memorizado cosas, que en definitiva uno luego se arrepiente porque a la larga se pierde tiempo y falta de conocimiento. O el saber se pierde al igual que una estrella fugaz en el cielo.
En el mundo actual, que está saturado de información, esta diferencia se vuelve crítica. Hoy cualquiera puede “saber de vinos” con un par de cursos, redes sociales y fichas técnicas. Lo difícil es pensar. Lo difícil es explicar por qué un Malbec de altura no se parece a otro del mismo valle pero cosechado dos semanas más tarde. O por qué un vino técnicamente correcto puede ser aburrido (para algunos). O por qué un defecto leve puede ser parte del carácter y no un pecado mortal. Y es aquí en donde se pone interesante la cuestión.
En mi experiencia, en catas profesionales esto se ve todo el tiempo. Personas que describen veinte aromas con precisión quirúrgica, pero no pueden evaluar la calidad. Como si reconocer frambuesa, «grafito» y pimienta blanca fuera suficiente para entender si el vino vale la pena o no generó algún sentimiento. El razonamiento empieza cuando uno se pregunta: ¿está balanceado?, ¿tiene tensión?, ¿evoluciona?, ¿dice algo de su lugar? Sin esas preguntas, el saber es decorativo.
Una anécdota típica del mundo del vino lo resume bien. En una degustación a ciegas, un productor escucha a alguien decir: “Este vino está mal, tiene demasiada acidez”. El productor sonríe y responde: “Hoy sí. En diez años, no”. La acidez no era un defecto; era una apuesta. Quien solo sabía, juzgó el presente. Quien razonaba, entendió el tiempo.
En la vida pasa lo mismo. Creemos que tener respuestas nos hace valiosos, cuando en realidad lo que importa es hacer buenas preguntas. Creemos que demostrar cuánto sabemos nos hace auténticos, cuando muchas veces lo único que revela es inseguridad. La trampa del “tener que saber” lleva a opinar de todo, rápido y fuerte, sin detenerse a pensar.
Un buen consejo para no caer ahí es simple: cambiar afirmaciones por explicaciones. Menos “esto es así” y más “esto es así porque…”. Aceptar el “no sé todavía”. Entender que el criterio se construye, no se memoriza.
Hay una frase hecha que dice: “El conocimiento es poder”. Pero otra, menos conocida y mucho más incómoda, que dice: “Pensar duele”. Y es verdad. Razonar exige tiempo, duda y humildad. Saber, en cambio, puede ser inmediato. Entiendan que esto me pasa. razonar nos exige y nos pone a prueba todo el tiempo. es excitante, incómodo y desafiante, y el que decide tomar ese camino lo considero como un acto audaz de coraje y rebeldía.
En el vino como en la vida, saber te permite hablar. Razonar te permite entender. Y quien entiende de verdad puede tomar decisiones con sentido y más auténticas.
Y para ir cerrando, les comparto una pregunta que me hago seguido: ¿es necesario saber o pensar siempre? ¿Es posible ser honesto y simplemente disfrutar?
Los leo en comentarios.
¡Chin Chin!

